miércoles, 8 de octubre de 2014

Discapacidad y educación



Todas las personas sabemos que aprendizaje y dificultad son dos términos íntimamente interrelacionados y esta asociación se da en todos los planos de la vida. En efecto, en el sentido humano del término, aprender es caminar hacia lo desconocido, andadura que siempre entraña dificultad. Pero también aporta placer: el que comporta la mejor comprensión de lo que nos rodea, a la vez es el descubrimiento de nuestras propias capacidades o habilidades, a veces insospechadas hasta que no son sometidas a prueba con determinados retos de aprendizaje.

Con base en las consideraciones anteriores, nuestro planteamiento sería: si aceptamos que aprendizaje y dificultad son casi las dos caras de una misma moneda: ¿Cuándo y por qué nos preocupan tanto las dificultades de aprendizaje? Y es que los procesos de aprendizaje pueden verse alterados por múltiples circunstancias: desde las que tienen un carácter marcadamente social hasta las que se vinculan a la presencia de algún déficit o limitación física o psíquica en el aprendiz. De estos últimos trataremos aquí.

EL CARÁCTER SOCIAL DE LA DISCAPACIDAD


Es importante la reflexión anterior sobre las dificultades de aprendizaje, presentes en todo proceso educativo, puesto que cuando hablamos de discapacidad no estamos hablando de personas de una naturaleza distinta. Lo hacemos de personas que en su proceso de aprendizaje y crecimiento personal deben lidiar con dificultades añadidas. Es aquí donde adquiere un verdadero sentido diferenciar entre lo que es el déficit y lo que es la discapacidad.

El déficit es la alteración o falta de alguna función importante para nuestro desarrollo: puede tratarse de un déficit motor, auditivo, visual, intelectual o psíquico. La discapacidad deriva de las consecuencias que el déficit, interactuando con otro amplio conjunto de circunstancias, tiene en el desarrollo las capacidades de la persona.